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Voyeur

Cuando decidió irse a vivir del pueblo a la gran ciudad estaba a punto de descubrirse. Su obsesión iba a más y ya no podía controlarse. Debía hacerlo cada noche, no importaba a quien - hombre o mujer - siempre que hiciera algo interesante, algo nuevo e inesperado, lo de siempre ya le aburría. Necesitaba estímulos nuevos, caras nuevas, cuerpos nuevos en nuevas casas y en nuevos cuartos. La gran ciudad le brindaba esa oportunidad, miles de personas bajo su lente. Todos ellos desconocidos para los que su presencia era invisible e inexistente. Por supuesto, se compró un ático, de esos que parecen una casita ajardinada en lo alto de un edificio muy alto. Tenía vistas a todas partes: al parque de enfrente, a los bloques de apartamentos que había detrás -y estaban plagados de gente, gente desconocida e interesante -, a las oficinas que se encontraban a la izquierda de su bloque y, el más interesante de todos, al Gran Hotel Central. Los hoteles le gustaban, cosas interesantes pasaban en los...

El niño que no existía (2º parte)

El verano terminó y la pequeña Elisa tuvo que volver a la ciudad, al pequeño apartamento en el que vivían, al colegio, a las clases de inglés y de música, a la rutina. A la típica vida de niña de ciudad de clase media-alta. Más llena de comodidades que de otra cosa. Mientras, Dani se quedaría en ese pueblito llevando una vida dura y salvaje, en la que básicamente, estaba sólo siempre en el campo rodeado de animales o de los extraños que pasaban por allí. Aquellos extraños siempre le enseñaban cosas, algunas buena otras malas y otras peores, pero él siempre escuchaba atento. Había aprendido pronto, que algunos de estos personajes podían ser violentos si no se era obediente. Una vez, cuando tenía 5 años, un señor, al que llamaban “ Cabrero ” pasó allí unos días y le enseñó a cazar conejos con cepo. Se tiró tres días llorando, al llegar al primer cepo, el conejo aún no había muerto y le obligaron a hacerlo. Al negarse, “ Cabrero ” le dio dos tortas en la cara, le dijo que era un...

El niño que no existía (1º parte)

Eran las 17:08 de un miércoles cualquiera de julio cuando, a pesar del calor intenso y sofocante, la pequeña Elisa decidió salir a explorar por el campo cercano a su casa, del pequeñísimo pueblo donde pasaban los veranos. No conocían a muchas personas todavía, ya que apenas hacía tres años que sus padres compraron aquella casa y, únicamente, iban unas semanas en verano. El primer año, recuerda, que no pudieron estar más de dos días, la casa estaba mucho peor que lo que había dicho la señora de la inmobiliaria y hubo que hacerle muchas reformas hasta hacerla habitable. Era una casa pequeña, de tan sólo dos habitaciones, una salita-comedor, una cocina y un baño completo, pero tenía un enorme patio, con un  muro alto y gris lleno de macetas colgadas, que daba directo al campo por una puerta trasera de chapa, pintada de blanco brillante. Allí salió, en silencio, mientras sus padres dormían una siesta. Era todo tan hermoso: el cielo azul intenso, los árboles, la hierba, el viejo camino...

El secreto de la bibliotecaria

Entre libros viejos y polvo pasaban los años. La vida de una bibliotecaria era así de simple. Catalogar, comprobar el estado de los ejemplares, mandar silencio,... Lo mejor era poder libros a los que nadie tenía acceso, esos libros raros, ejemplares únicos, descatalogados, algunos muy antiguos, cargados de sabiduría ancestral e historias olvidadas hace siglos. Entre ellos había un tomo al que ella le tenía especial cariño. Era de los pocos ejemplares que quedaban de él: " El libro del caballero Zifar ", escrito en el siglo XIV. Un día lo encontró por casualidad, escondido tras una estantería del sótano. No aparecía en el catálogo oficial. Nadie sabía que estaba allí, salvo ella. Era su pequeño secreto, una obra de arte sin precio, que ella disfrutaba en privado en el sótano de su vieja biblioteca.